Navidad, roja Navidad

 En este relato corto se trata un origen de Papá Noel más sangriento y traumático del que se conoce, estando vinculado a dioses de la mitología mesopotámica y relacionado con algunas figuras de historias de miedo. Todos hemos oído hablar del hombre del saco, pero... ¿y si...?

   Aquella noche el viento y la nieve azotaban un pueblecito en el norte de la región de Licia, en la antigua Anatolia. Las casitas de madera repartidas entre los gruesos troncos de los pinos en el fondo del valle se veían cubiertas de nieve, haciendo de la temperatura dentro y fuera de ellas un reto para los habitantes, que hasta entonces no se habían enfrentado a una situación parecida. Los altos escarpes a cada lado del pueblo y la prolongada vaguada en otro de los extremos no eran suficientes para frenar el frío y el viento, que sacudía violentamente los árboles y hacía que los gruesos troncos de madera en las chimeneas no fueran capaces de avivar el fuego lo necesario para calentar el interior de las casas. En la zona nunca había nevado de esa manera, apenas llovía, era un sitio seguro porque no solía bajar agua por la montaña; pero la situación había cambiado, el clima empeoraba y pronto tendrían que marcharse para no morir.
   Tres figuras, dos hombres y una mujer, observan ocultas desde una de las zonas más pobladas del bosque, cerca de las últimas casas aisladas. Uno de los hombres, de complexión media, se dirigió al otro, de figura delgada y más de metro noventa de altura.
   —Ya sabes lo que hacer, ¿no?
   —Sí… Ya tengo la lista.
   —Hemos conseguido disuadir a mi hermano de seguir con su plan, ha accedido a disminuir considerablemente el viento y esperar a comprobar si nuestro método funciona. Viendo los resultados de los años anteriores, estoy seguro de que podremos convencerle, así que haz tu trabajo y trae a esos niños, con dos o tres serán suficientes.
   —Entendido… —cogió su saco sin mucho ánimo y partió hacia el pueblo. Unos minutos después volvió arrastrándolo, lleno, dejando un profundo surco a su paso por la espesa nieve—. Aquí los tenéis.
   —¡Vaya! Estos están más gordos que el año pasado —dijo la mujer riéndose mientras observaba los tres niños dormidos en el interior de la tela.
   —Bien, nos llevaremos estos a Nippur para usarlos y enseñárselos a mi hermano —intervino el hombre cogiendo a un niño con cada mano, quedando el tercero para la mujer—. Tú encárgate del resto, Pasittu, y ve a la siguiente aldea. Vámonos, Nintu.
   —¡Vamos! —exclamó animada con el niño en brazos antes de desaparecer ambos entre los árboles.
   Pasittu, uno de los dioses más temidos y conocidos en la antigua Mesopotamia por raptar niños, se colgó el saco en el hombro y regresó al pueblo sin dejar una sola huella sobre la nieve. Llegó a la siguiente casa de la lista, se coló por la ventana de la habitación y metió a la niña en el saco sin despertarla. Al llegar a la siguiente casa, la habitación del niño no tenía ventana, y al ver por la del salón principal que sus padres estaban de espaldas al fuego aletargados por un frío al que no están acostumbrados, saltó ágilmente al tejado y se coló por la chimenea para no hacer ruido forzando la puerta; al ser un dios el fuego no le afectaba en absoluto, habilidad que aprovechaba para ese tipo de raptos. Se coló sigilosamente en la habitación y se llevó al niño en brazos, saliendo de nuevo por la chimenea. Al llegar arriba lo metió en el saco cuando empezaba a despertarse, pero al cerrar el agujero cayó en un profundo sueño.
   Siete casas después se retiró a otra zona del bosque, con el saco aún colgado del hombro para no dejar un surco como el anterior, y se ocultó en un claro rodeado de árboles y arbustos a cierta distancia del pueblo, cerca de las montañas. Abrió el enorme saco dejando ver a los nueve niños dormidos dentro de él, y los fue colocando en fila sobre la nieve. Se tomó su tiempo doblando y colocando el saco a un lado, se acercó al primer niño, y sin dudarlo un segundo hizo que su sangre salpicara la nieve a su alrededor.
   Niño tras niño los fue matando brutalmente, cortando su carne y atravesando sus órganos, sin que éstos sintieran nada gracias al sueño inducido por el saco. Cuando hubo acabado los enterró en una zona próxima de difícil acceso para los humanos y volvió al lugar del asesinato para recoger su preciado objeto.
   —Bueno, sólo dos casas y cinco niños más… —aunque sus actos indicaran determinación, su mirada se volvía cada vez más apagada, y al emprender el camino de vuelta al pueblo sus ojos se dirigieron fugazmente hacia la sangre derramada por el suelo nevado.
   Al llegar a la segunda casa, con dos niños metidos ya en el saco, se disponía a coger a la primera víctima de la familia. Pero algo lo detuvo, algo le hizo dudar. Una tenue luz entraba por la ventana y dejaba ver la cara de la niña de apenas cuatro años en medio de la oscuridad, con una expresión de paz que impactó a Pasittu.
   «¿Realmente está bien? ¿Realmente… tengo que hacer esto…? —con los brazos estirados en dirección a la niña, no lograba decidirse y eliminar los escasos centímetros que le separaban de ella, temblando inconscientemente—. Tiene que haber otra manera, matar a los niños no solucionará el problema de los recursos».
   La niña se revolvió en la cama algo incómoda, pero la distracción de Pasittu no le hizo darse cuanta hasta que fue demasiado tarde y la pequeña abrió un ojo, dando un grito al ver una tenebrosa figura iluminada por la luz de la Luna; el grito duró un segundo, pues su garganta quedó atravesada por los dedos del intruso, muriendo al instante. El momento que se quedó inmóvil fue suficiente para que los padres entraran corriendo en la habitación, viendo a su hija muerta y la sangre de la ventana tiñendo la habitación de un rojo carmesí. La madre se desmayó murmurando “el hombre… el saco…”, y el padre corrió a socorrer a su hija con las primeras lágrimas recorriéndole las mejillas mientras el último trozo de tela desaparecía en la oscuridad.
   Pasittu volvió corriendo al bosque, a su zona de asesinato, y se quedó mirando el saco con los dos niños. Después levantó la mano a la altura de los ojos y observó la sangre aún líquida resbalándose por sus dedos a la pálida luz de la Luna.
   —Maldita sea… ¿Por qué ha tenido que despertarse…? No, la culpa no es suya… La culpa es mía. Me he despistado un momento y ha tenido que acabar así. Si tan sólo hubiera hecho lo que me ordenaron, sin dudar, sin errores… —se llevó las manos a la cara inconscientemente, tapándose con un sentimiento de culpa—. Vaya, así que los humanos no exageran al hacer este gesto…
   Sacó a los niños y los depositó sobre la nieve. Para entonces ya había dejado completamente de nevar y las marcas de los demás cuerpos seguían ahí, como muestra. Como prueba de sus actos. Pero no podía parar. «No, una vez empezado el trabajo, tengo que terminarlo», se decía intentando autoconvencerse. «Sólo son niños. Además, no sufren. Estos son los últimos por hoy, ya me encargaré de los dos que quedan en otro momento». Pero sus brazos no se movían. Temblaban, resistiéndose a lacerar la carne y penetrar en el cuerpo de los pequeños, que dormían plácidamente sobre la gélida nieve.
   —¡Maldición! No puedo hacerlo. ¡No puedo! ¡Son niños! Tiene que haber otra manera… Tiene que haberla…
   Metió a los niños de nuevo en el saco y emprendió el camino de regreso al pueblo. Alertados por la niña muerta, los habitantes daban vueltas por el bosque, mirando por las casas y revisando cada rincón detrás de árboles, arbustos y rocas, por lo que para llegar a la casa de los pequeños fue ocultándose por la parte alta de los pinos y se deslizó por la chimenea evitando en todo momento el contacto con los humanos. Como los padres también estaban fuera buscando desesperados a sus hijos no tuvo problema al dejarlos en sus camas, pero al salir de nuevo empezó a oír toda clase de insultos y desprecios hacia él. “Ha vuelto a aparecer el monstruo”, “El hombre que se lleva a nuestros hijos en un saco ya está aquí”, y “Habrá que acabar de una vez con ese demonio antes de que devore a todos los niños” fueron sólo algunas de las frases entre lágrimas que oyó subido en el tejado.
   —No soy un demonio… —susurró algo molesto agachando la vista—. Y tampoco devoro a los niños —se dio la vuelta y desapareció entre la maraña de árboles, aferrando su saco con profunda turbación.
   Nintu y Enki caminaban por un pequeño sendero nevado entre los árboles.
   —Pasittu ya debería haber acabado con los niños de esa aldea. Parece que a Enlil no le ha disgustado nuestro método.
   —Tampoco se puede decir que le haya entusiasmado…
   —Conociendo a mi hermano, eso es más que suficiente. Ya verás, podremos solucionarlo todo en unas cuantas décadas más. Mejor eso que matar de congelación al setenta por ciento de la población de una sola vez.
   —¿No crees que podríamos hacer otra cosa? Como cederles algo de nuestra tecnología, o enseñarles algunos de nuestros conocimientos sobre la naturaleza.
   —No, eso sólo haría que se volviesen perezosos, descuidados, y se acomodarían demasiado. La sobrepoblación aumentaría cada vez más y el planeta correría peligro, la única solución es ir eliminando la parte sobrante año tras año.
   —Pero niños…
   —Así todos permanecerán alerta, tendrán cuidado con lo que hacen, y con el tiempo verán que evolucionando en la dirección correcta no tendrán nada que temer.
   —Eso es demasiado tiempo —dijo una oscura figura saliendo de entre los árboles, cortándoles el paso—. Demasiadas vidas.
   —Vaya, Pasittu, creíamos que no habrías llegado todavía al siguiente pueblo, así que hemos aprovechado para dar un tranquilo paseo. No está tan mal, la luz de la Luna es espléndida en esta época.
   —No queríamos hacerte esperar —intervino Nintu—. ¿Quieres la lista? —metió la mano en el tosco bolso que llevaba colgando a un lado, pero las palabras de Pasittu la detuvieron en seco.
   —Oh, no. Eso no será necesario.
   —¿Qué quieres decir?
   —Que en realidad, os esperaba a vosotros… —comenzó a avanzar hacia sus amos—. Pero no para recibir una lista, la lista ya la tengo… Y en ella sólo figuran dos nombres.
   —No te atreverás…
   —Nintu, y Enki… —su mirada, más despierta que nunca, rebosaba ira e instinto asesino—. No volveré a hacerlo, no acabaré con la vida de más niños.
   —Es tu deber —Enki se adelantó—. Soy bien conocido como “El señor de la tierra”, y Nintu como una gran diosa madre, también señora de la tierra.
   —Eso para mí no significa nada.
   —¡Pero para los humanos sí! ¿Por qué crees que nos adoran tanto? Gracias a nuestros actos, a nuestro poder, hemos llegado hasta aquí. Nosotros te creamos, somos tus dueños, y nos debes sumis